Hoy es día de los abuelos, una figura familiar que tendrá como todo en esta vida, matices muy diferentes dependiendo de quien seas y como te hayan tocado tus abuelos.
Yo por fortuna recuerdo a mis abuelitas como personajes muy queridos por mi y por mis hermanos. Una de ellas, quien vivía en una casa enorme y siempre llena de misterio para mí, ya que en esa casa había habitaciones a donde no se podía entrar, había una persona que no era de la familia pero que vivía ahí, y eso le daba un toque de misterio al asunto. Además, que estábamos chicos en ese entonces. Pero bueno, lo que si recuerdo con mucho agrado, es que en esa casa siempre había olor a comida rica, si llegabas a la cocina, que era no muy grande pero que tenía unas cazuelas de barro que yo veía enormes, siempre había una cazuela con sopa de arroz (muy posiblemente la más rica que haya yo probado en la vida) y otra con frijoles refritos, de esos que me daban permiso para poder menear con la cuchara grande de peltre. Ahí se comía y se comía bien. Recuerdo que a la hora de la comida siempre había mucha gente, entre mis primos, mis tíos y alguno que otro agregado, siempre había mucha gente.

Para mí, cuando no había algún guiso de mi gusto (que no era raro ya que a esa edad era medio sangrón con la comida) era fácil el llenarme, ya que mi abuelita Paula, se sacaba de la manga unas deliciosas enfrijoladas, que hasta la fecha pueden seguir sacando de apuros a quien me quiera invitar a comer. Era muy sencillo el colocar la tortilla en aquella cazuela de barro llena de frijoles, para después colocar en un plato y espolvorearle queso fresco, esto mientras yo me “recetaba” un plato de sopa de arroz, de la cual el secreto estaba en que todo era cocinado con manteca de cerdo, y por supuesto una deliciosa agua de limón o de lima, de los arboles de la misma casa, servida en un vaso de aluminio de colores que a mí me gustaba tanto ver. En esa casa había un corral grande con gallinas, arboles frutales y una gran tinaja, donde cuando hacía mucho calor nos dejaban bañarnos dentro.

El segundo patio, prohibido para nosotros, siempre era un misterio, ya que no nos dejaban pasar, y mis primos, mayores que nosotros, siempre nos contaban historias medio raras al respecto todo para mantenernos alejados de ahí. Pero en alguna ocasión, mi abuelita Paula, dio la orden de que se limpiara esa parte del corral, y fue cuando pudimos pasar. Para mi hermana Cristy y para mí, fue muy divertido el poder pasar al segundo corral, y descubrir un lugar plano, lleno de arboles y con un columpio hecho con una madera que colgaba de una rama de un árbol, y de otro que estaba hecho de una llanta colgada sobre la rama de otro árbol. Nada más divertido para nosotros a esa edad (pobres de las generaciones de ahora, por cierto)
Ahí, en casa de mi abuelita paterna, podíamos pasar horas haciendo vagancias y jugando en el corral.

Si llegabas por la tarde, no era extraño, ver a mi abuelita sentada en su equipal de mecedora viendo una enorme televisión de bulbos, que se encendía con el pie mediante un regulador “zonda”, con su costura en mano, ya que siempre la recuerdo bordando sus mantelitos.

Y que decir, de cuando hacían tamales, eso si era una verdadera fiesta, al menos para mí, ya que eran ollas enormes con la masa y los guisos, y si bien nos iba, nos permitían embarrar alguna hoja de tamal con la masa y el guiso. Y cuando mi tía Tere hacía pasteles, que era casi diario, ya que en aquellos tiempos ella hacía los pasteles de la famosa cafetería La Terraza de Tepic, bueno pues era otro festín con el olor tan delicioso de la repostería, definitivamente los “Chus” eran mi fascinación y como de vez en cuando nos tocaba llegar cuando estaban hechos pues nos compartían alguno a nosotros.

La vida en casa de los abuelos, era distinta a la de los padres, había un cariño permisivo, había tolerancia, había mucho calor de familia. A mi abuelo paterno, lo conocí y conviví poco antes de que el muriera, pero lo que recuerdo de él, es que era una persona muy cariñosa con nosotros, recuerdo que nos compraba los famosos pingüinos en la tienda de las Lara y a él también le gustaban esos pastelitos, nunca lo vi molesto y siempre lo recordaré con un gesto amable y sonriente.

Ya en otra ocasión les hablaré de mi otra abuelita, pero hoy, si aún tienes a tus abuelos, dales una llamada, ellos te lo agradecerán y créeme sentirás una alegría tremenda cuando escuches la sorpresa que ocasiona tu llamada.

By Carlos

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